Mírate. Tienes apenas dos años y el mundo ya se siente demasiado ruidoso, demasiado grande, demasiado ajeno. En ese entonces, nadie sabía que tu mente funcionaba distinto al resto, no había un nombre para tu autismo, solo había un sentimiento constante de estar fuera de lugar.
Creciste rodeado de gente, pero en un silencio profundo. Con un padre ausente y una madre y hermanos que, aunque estaban ahí, no lograban descifrar el laberinto en el que vivías. La escuela no fue un refugio, fue un campo de batalla donde tu única defensa fue la violencia, porque cuando todo se siente inseguro, el ataque es el último grito de auxilio de quien busca estabilidad.
Hoy te miro a los ojos desde mi presente y quiero decirte tres cosas:
Lo hiciste muy bien. Sobreviviste a la falta de certezas. Navegaste un mar sin brújula y, aun así, lograste llegar a la orilla.
No era tu culpa. Necesitabas seguridad y te dieron caos. Necesitabas calma y te dieron ruido. Tu agresividad no era maldad, era el miedo de un niño que no se sentía protegido por nada ni por nadie.
Gracias. Hoy soy el hombre que soy porque tú no te rendiste. Hoy soy hijo, soy esposo y soy padre porque tú aguantaste los golpes de la vida cuando tus manos eran demasiado pequeñas para defenderse.
He pasado años intentando construir esa seguridad que te negaron. Hoy, mi mayor triunfo no es un título ni un logro externo, sino el hecho de que por fin estás a salvo. He creado para nosotros el hogar que siempre soñaste: uno donde se puede estar en silencio sin sentirse solo.
Gracias por resistir. Gracias por vencer. Por fin, pequeño, puedes descansar. Yo me encargo del resto.


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