
Vivir siendo autista en una sociedad que no entiende lo que soy es como tratar de hablar en un idioma que nadie quiere escuchar. Todo el tiempo siento que estoy intentando traducir mi existencia para que encaje, para que los demás no se incomoden con mi forma de ser. Pero esa traducción me agota, porque no soy un error ni un enigma por resolver. Soy una persona que quiere ser, simplemente ser, tal como es.
El mundo parece tener reglas invisibles que yo no puedo leer. Me piden que sea “normal”, que no sea “tan sensible”, que hable como ellos, que actúe como ellos. Pero ¿qué significa ser “normal”? Para mí, normal es atreverme a decir lo que pienso o bloquearme cuando la mirada la otra persona me invade. Es repetir una palabra que me gusta porque me hace sentir seguro. Es quedarme en silencio cuando las palabras no alcanzan para explicar lo que siento.
Sin embargo, cuando intento ser así, como soy, la sociedad me corrige, como si estuviera mal. Me dice que mire a los ojos, que sonría más, que “crezca”. No entienden que yo ya estoy creciendo, solo que lo hago a mi ritmo.
Vivir siendo autista es un acto constante de resistencia. Resistir la presión de encajar en moldes que no fueron hechos para mí. Resistir la mirada que juzga, las palabras que hieren sin intención, el cansancio de tener que “disfrazarme” para que me acepten.
Pero también es un acto de creación. Estoy aprendiendo a construir un espacio donde puedo ser yo mismo, aunque ese espacio sea pequeño. Aprendo a amar lo que soy, incluso cuando el mundo no lo entiende. Porque ser autista no es un defecto; es una forma de experimentar la vida, con sus luces y sus sombras, con su intensidad y su belleza.
Solo quisiera que la sociedad me dejara ser. No quiero su lástima ni su condescendencia, solo su respeto. Porque vivir siendo queriendo ser, aunque a veces duela, es el mayor acto de amor que puedo ofrecerme a mí mismo y a los demás.

Deja un comentario