Los niños con autismo a veces se escapan no porque quieran alejarse de sus seres queridos, sino porque están buscando algo que les dé una sensación de calma o alivio en un mundo que a menudo les resulta abrumador. Para muchos, la huida es una manera de escapar de la confusión, el ruido o las demandas sensoriales que no pueden procesar.
Imagina por un momento cómo se siente vivir en un mundo donde cada sonido es ensordecedor, cada luz brilla demasiado, cada toque es una sobrecarga. Para ellos, escapar es como correr hacia un lugar donde pueden encontrar paz, aunque para los demás, ese lugar no sea seguro. No entienden el peligro como los demás niños. Para ellos, las reglas de lo que es “seguro” o “peligroso” pueden ser borrosas, porque lo que más desean es un instante de quietud en medio del caos.
A veces, es una simple fascinación con el agua, con un parque cercano, con las luces que parpadean a lo lejos. Otras veces, es la necesidad de sentirse libres, sin las restricciones de un mundo que parece pedirles más de lo que pueden dar. Pero detrás de cada escapada, detrás de cada carrera fuera de casa, no hay una intención de huir del amor que les rodea. Es, más bien, un impulso profundo de encontrar un espacio donde el mundo exterior se alinee mejor con su mundo interior.
Para los padres, esa huida es el miedo hecho realidad. El corazón se detiene cuando se dan cuenta de que su hijo ha desaparecido, y una avalancha de pensamientos aterradores invade su mente. Sin embargo, estos niños no saben que mientras corren hacia su rincón de calma, están dejando atrás corazones rotos que solo quieren protegerlos, abrazarlos y asegurarse de que estén a salvo.
Es importante recordar que los niños autistas no se escapan de las personas que aman. Se escapan de situaciones que no pueden entender, de sensaciones que no pueden manejar. Se escapan hacia aquello que les da consuelo, aunque los demás no lo comprendan.
El amor por un niño con autismo es un amor hecho de vigilancia constante, de preocupaciones que nunca se apagan, pero también de momentos de ternura, de risas inesperadas, de pequeños logros que iluminan los días. Es un amor que nunca se cansa de buscar nuevas formas de proteger, de comprender y de crear un mundo donde ese niño, que a veces huye, quiera quedarse.
Cada escapada es una oportunidad para entenderlos mejor, para aprender más sobre lo que necesitan y, sobre todo, para recordar que detrás de cada huida hay un deseo profundo de sentirse seguros y amados en un mundo que muchas veces no lo hace fácil.

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